Via Crucis

Señor misericordioso, nuestro Maestro, queremos seguirte, queremos imitarte en nuestra vida con la mayor perfección posible. Concédenos a través de la meditación de tu Pasión la gracia de entender cada vez mejor los misterios de la vida espiritual.

Maria, Madre de misericordia, siempre fiel a Cristo, guíanos en la vía de la pasión dolorosa de tu Hijo y concédenos las gracias necesarias para que este Via crucis produzca muchos frutos.

 

Iª estación: Jesús, condenado a muerte

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector : El sanedrín, órgano oficial de las autoridades judiciales del pueblo judío, toma esta terrible decisión contra Jesús: escribas, fariseos y sumos sacerdotes ya desde hacía tiempo estaban molestos por sus milagros, por la atención de Jesús a las enfermedades y dolencias de tantas personas también en el día de sábado. Su bondad genuina, su estilo de vida libre y sin vínculos era molesta. Jesús no entraba en sus esquemas mentales y operativos: hablaba y actuaba con el corazón grande y con mucha comprensión también hacia los pecadores públicos. Es condenado Alguien que pasó haciendo el bien y sanando toda enfermedad.

Sacerdote: Señor, ayúdanos a hacer el bien aun cuando no nos entiendan o nos juzguen mal.

Todos:  Ten piedad de nosotros, Señor.

Padre nuestro…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

IIª estación:  Jesús carga con la cruz

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  El leño de la cruz estaba formado por dos partes: una móvil y una fija: Jesús carga con el llamado patíbulo o eje horizontal sobre el cual se extendían los brazos (atados o clavados). Era lo suficientemente pesado como para soportar el cuerpo de un adulto cuando lo ponían en vertical. Además Jesús llevaba los signos recientes y dolorosos de la flagelación y una corona de espinas hacía sangrar su frente. Jesús está desfigurado por los golpes y la sangre, pero sin quejarse lleva entre la multitud esta cruz. Todos deben verlo tan humillado, castigado y condenado. Él es el hombre de dolores que bien conoce el sufrir.

Sacerdote: También a nosotros nos cuesta llevar nuestra cruz cotidiana.

TodosAyúdanos, Señor.

Ave María…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

IIIª estación: Jesús cae por primera vez

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector : Sabemos por los Evangelios que Jesús estaba a menudo físicamente fatigado por sus viajes, para escuchar a la gente que lo asediaba, por las predicaciones en los pueblos y en las ciudades.
A menudo, sobre todo los enfermos lo buscaban también al anochecer, cuando el día estaba llegando a su fin. Una vida toda gastada por los demás, la suya, toda entregada. También la noche a menudo estaba dedicada a la oración de intimidad con el Padre. El hombre Jesús experimenta toda la fatiga de vivir que es típicamente nuestra. Él es el hombre del camino que anuncia a todos el misterio del reino. Ahora siente que sus hombros caen bajo el peso de la cruz, las rodillas no aguantan y el cuerpo ya curvado por el esfuerzo al final cae a tierra.

Sacerdote: En algunos momentos nuestra vida se hace insoportable.

Todos: Señor, danos la fuerza para retomar cada día tu camino.

Gloria…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

IVª estación: Jesús encuentra a su Madre

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  María está presente en todos los momentos de la vida de Jesús. Ella lo crió, lo cuidó y lo educó junto con José. Está presente en las bodas de Caná, cuando Jesús realiza el primer milagro. Medita en su corazón el misterio profundo de Jesús. A distancia lo sigue con el corazón y la aprensión propia de una verdadera madre. Toda madre es como ella, cuando tiene a sus hijos lejos, en dificultad o en peligro. Toda la vida de Jesús ha corrido riesgos desde su nacimiento. María es consciente de ello: su amor por su hijo la lleva a compartir con él toda la pasión de amor por la salvación de la humanidad, hasta la muerte en la cruz. Esta es la espada que atravesó su existencia.

Sacerdote :     Desde el mismo suplicio de la cruz, Jesús nos entregó a su madre.

Todos:            Jesús, danos siempre a tu madre.

Padre nuestro…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

Vª estación:  Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Este personaje, Simó de Cirene, que lo vemos solo esta vez en los evangelios y luego desaparece definitivamente, tiene un papel particular en la historia de Jesús. No nos cuesta creer que probablemente las miradas se cruzaron. Seguramente estaba contrariado por esta imposición de los soldados romanos, invasores. Él estaría cansado de su trabajo en el campo, que comenzó de buena mañana, y ahora volvía a casa para comer. Esto no era un favor hecho a Jesús, sino a los militares, que querían que el condenado llegara vivo al lugar de la crucifixión. Simón no dice una palabra, pero Jesús lo ve todo y sabe todo de él. Nos gusta pensar que Jesús lo bendijo por este gesto de generosidad.

Sacerdote:      Seguir a Jesús quiere decir tomar nuestra cruz cada día.

Todos: :          Señor, consuélanos en las pruebas de la vida.

Ave María…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

VIª estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Sabemos que algunas mujeres han seguido siempre a Jesús en su ministerio itinerante. Jesús las ha considerado como discípulas fieles y ha apreciado con gratitud sus servicios. Las ha amado y estimado siempre. La Verónica tiene la ternura y la sensibilidad para enjugar con un paño el rostro de Jesús, manchado de sangre y sudor. Él la deja hacer como la dejó hacer en su día también a la Magdalena. Esta criatura llena de una exquisita delicadeza femenina entra de este modo con pleno derecho en los evangelios y nos llena de admiración cada vez que los leemos.

Sacerdote :     Pidámosle al Señor que nos ayude a transformar su Palabra en gesto concretos de caridad.

Todos:            Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Gloria…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

VIIª estación: Jesús cae por segunda vez

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Jesús está tocando el límite de sus fuerzas. La sangre que ha perdido y el dolor agudo por el fin inminente lo están aniquilando. Ninguna experiencia del sufrimiento humano le resulta ajena, las abraza todas. Normalmente en estas situaciones nos dejamos llevar. Ya no tenemos ganas de reaccionar o luchar contra nuestra debilidad. Pero Jesús quiere llevar a cabo el proyecto compartido con el Padre y para el que vino al mundo. Por eso se aferra a las pocas energías que le quedan y se levanta. También nosotros en este vía crucis queremos compartir con él este esfuerzo, sabiendo que está dando la vida por nuestra salvación. Este es el alto precio que ha querido pagar.

Sacerdote: Jesús nos invita a unir nuestras penas y dolores a los suyos para no caer en el desánimo y en la tristeza.

Todos: Contigo y por ti, Señor, podemos todo, incluso sufrir.

Padre nuestro…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

VIIIª estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Justo en medio del Via Crucis, aune stando afligido, tiene la valentía de confortar a las muchas mujeres que han acudido aunque sea solo por curiosidad a este condenado a la pena de la cruz, la muerte más infame. Jesús no pierde la ocasión para lanzar un mensaje: habrá otros momentos más críticos en el camino en los que las lágrimas no basten para expresar el dolor. Sabemos que las mujeres en general tienen más capacidad para soportarlo, que a menudo su vida está llena de sacrificios, a los que los hombres tratan de escapar. Esta amabilidad de Jesús es como una invitación a la perseverancia en su papel en la familia y en la sociedad. Son tiempos en los que la mujer sólo vale como madre, es decir, capaz de engendrar la vida, pero es el hombre el que prevalece socialmente. Jesús mira con horizontes amplios a través de los siglos. Por eso su palabra y sus gestos son siempre actuales.

Sacerdote: Pidámosle al Señor que mantenga unidas nuestras familias en su amor.

Todos:  Confiamos siempre en Ti, Señor, tu amor es para siempre.

Ave María…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

IXª estación:  Jesús cae por tercera vez

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Nos impresiona esta tercera caída. Jesús siempre ha sido fuerte. Ha caminado por Galilea, Judea, Samaría y otros territorios cercanos con paso seguro, seguido por sus discípulos. Tememos que no vuelva a levantarse. Alguien ha escrito que son nuestros pecados los que lo hacen caer: en realidad somos conscientes de nuestra miseria, que necesitamos perdón y redención. Este agotamiento es sin embargo momentáneo: queda todavía la prueba del amor por antonomasia que lo está esperando al final de este camino doloroso. Tiene que levantarse y seguir hasta el final. No puede renunciar ahora que casi ha llegado. Valentía, determinación, confianza en el Padre: estos son los signos de su carácter fuerte y decidido.

Sacerdote: Muéstranos, Señor tu misericordias, y seremos salvados.

Todos:  Perdona, nuestras deudas, Señor.

Gloria…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

Xª estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Jesús nos ha dado el ejemplo sobre cómo vivir castos, pobres y obedientes, y ahora en el Calvario, despojándolo de sus vestiduras han querido quitarle también su dignidad. El primer Adán se avergonzó de estar desnudo y huyó para cubrirse. El nuevo Adán sufre esta expoliación para revestirnos de su gracia, para enriquecernos, precisamente a través del voto de pobreza, de su grandeza. Dio todo su cuerpo, lo entregó al Padre, para revestirnos con el hábito bautismal de los hijos de Dios. Su desnudez no nos causa problemas, al igual que los cuerpos destrozados por el virus pandémico. Consideramos nuestro cuerpo mortal como el cáliz que contiene nuestra alma, como el medio expresivo de todo lo inmaterial que llevamos en las venas del alma. Este cuerpo es siempre un regalo de Dios, incluso cuando lo ensuciamos y no es suficiente la ropa limpia para garantizar la pureza del corazón.

Sacerdote: Si nuestra mirada es limpia, todo será puro. Ahora si nuestros ojos están enfermos, nada estará sano.

Todos: Danos, Señor, un corazón nuevo. Pon en nosotros un espíritu nuevo.

Padre nuestro…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

XIª estación: Jesús, clavado en la cruz

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  La cruz es realmente incomprensible, imposible amarla. Si no se cree en el que está colgado en ella es incluso escandalosa, porque él es un perdedor, un fracasado. Nuestra religión pone precisamente la cruz en el centro de toda consideración: el crucifijo nos mira desde cada altar y nos recuerda que éste es el amor más grande ofrecido por nosotros, entregado por nosotros. Por nosotros los hombres y para nuestra salvación se encarnó, sufrió y aceptó la cruz. No existe un amor más grande que el de dar la propia vida por cada uno y por todos nosotros. Sabemos bien que no existe verdadero amor sin sacrificio: lo saben bien los misioneros, los sacerdotes, los religiosos/as y la gente común que alumbra su fe a la escuela de la cruz. Sin Jesús, la cruz no tiene sentido, es un insulto a la racionalidad, una violencia insoportable. Nos arrodillamos ante el crucifijo y lo adoramos, aunque con los miedos y las dudas que tenemos y las debilidades que no podemos esconder.

Sacerdote:      Tu cruz, Señor, es árbol de vida y entrega de amor por todos.

Todos:            Te adoramos, Cristo, porque con tu santa cruz has redimido el mundo.

Ave María…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

XIIª estación: Jesús muere en la cruz

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  Una verdadera muerte la de Jesús en la cruz, no una ficción teatral para conmover los corazones y sacudir las conciencias. La muerte es una maldición para nuestra sed de vivir; es la consecuencia amarga de nuestro pecado original. Dentro de nosotros hay un instinto de vida impresionante. Hay momentos en los que rechazamos la oscuridad de la muerte y otros en los que la invocamos como liberación. Por suerte está en las manos de Dios creador, porque somos incapaces de abrazarla.

Jesús da un grito que resuena aún en la historia de la humanidad, y que asociado a la oscuridad que se ha producido en toda la tierra, denota una tétrica y funesta liturgia. Seguidamente, entrega su Espíritu. Aquí se silencian las palabras ante la muerte de Jesús: las mujeres vuelven a casa golpeándose el pecho. El centurión romano que asiste a la escena confiesa su fe en el crucificado; el ladrón arrepentido espera que Jesús lo lleve consigo al paraíso. Amamos a Alguien que ha dado la vida por nosotros.

Sacerdote:      La muerte de Jesús, hombre verdadero, no es el final de su aventura personal.

Todos:            Con su muerte, nuestra vida no se nos arrebata, sino que se transforma.

Gloria…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

XIIIª estación: Jesús, bajado de la Cruz

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector : María, su madre, asistió con algunas mujeres y el apóstol Juan a los últimos momentos de la vida de su hijo. Ahora, después de la terrible angustia que solo puede experimentar una madre, puede abrazarlo de nuevo, sostenerlo en su regazo, darle un poco de calor, casi para reanimarlo. Jesús está muerto, pero sigue siendo suyo. Unas horas antes, levantado entre cielo y tierra, casi reuniéndonos todos en un solo abrazo, ahora unido a su madre. Esta escena es tan delicada y llena de ternura que no bastan los pinceles de los artistas o los cinceles de los escultores para guardarla en nuestra memoria. Uno siempre está solo cuando muere, pero la presencia de los seres queridos parece suavizar el paso. Los presentes, con un poco de sensibilidad, tienen el alma como inflamada de tanto dolor. Ahora todo ha terminado: su cuerpo exhumado recibe los abrazos de quienes le quieren, también los nuestros que en este Vía crucis queremos recordar este acontecimiento único en la historia de nuestra salvación.

Sacerdote: Recordemos a nuestros queridos difuntos, y encomendémolos a los brazos del Señor.

Todos: Dales, Señor, el descanso eterno, y que resplandezca sobre ellos la luz de tu rostro.

Padre nuestro…

Madre Santísima, tú haces que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.

 

XIVª estación: Jesús, depuesto en un sepulcro

 

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Que con tu santa cruz has redimido al mundo.

Lector :  El sepulcro es una cavidad oscura, sellada por una piedra que se hace rodar desde afuera. El cuerpo está vendado, pero hay que esperar que pase el sábado para untarlo con aromas. También Jesús, como todos los hijos de Adán, yacen en el sepulcro. Pero este no es el final. Él siempre ha asociado el sufrimiento, la cruz y su muerte a la resurrección: que debe suceder al tercer día. Los que han escuchado estas palabras están expectantes pues es un acontecimiento único en la historia.

En verdad, están perdidos y desconfiados con la muerte del Maestro. El miedo invade a los apóstoles, que se encierran en el cenáculo reforzando los cerrojos. El sepulcro se abrirá sin esfuerzo y sólo quedarán las vendas y el sudario, colocados cuidadosamente en un rincón. Estamos ante la presencia del mismo Jesús de Nazaret, que se manifestará de nuevo vivo durante 40 días. No es el sepulcro el lugar donde encontramos a nuestro Salvador, sino en la gloria del Padre. Su resurrección se convierte así en el argumento fuerte para nuestra fe total en Él, en su persona y en su Palabra.

Sacerdote:      Ilumina, Señor, nuestras vidas con tu misterio pascual.

Todos:            Envuélvenos, Señor, con la luz de tu resurrección.

Ave María…

 

 

Oración al final del Via Crucis

 

Jesús, nuestra única esperanza,

gracias por este maravilloso libro de tu Pasión,

donde aprendemos como amarte y cómo amar a los demás.

Danos tu gracia para comprendere, amar e imitar

estos tesoros inagotables, este testimonio de vida,

tu martirio por amor! (…)

¡Bienaventurado el que haya entendido

el amor del corazón de Jesús!

 

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