Caminando con Teresa de Jesús

Nunca me han gustado los santos digamos ‘prefabricados’, que ya de pequeños casi se puede adivinar en qué se convertirán. Santa Teresa es una mujer con un impresionante abanico de posibilidades, que nos sorprende cada vez, y precisamente por eso pienso que es de gran ayuda… para las personas -por ejemplo- que no ven clara y nítida la llamada a la vida religiosa (al menos en los comienzos); para quienes, por una personalidad un poco demasiado magnética (digámoslo así), deben afrontar rápidamente apegos afectivos; para la gente que, sin mucho bagaje ascético, Dios otorga gracias místicas antes de la hora; para las religiosas que se dan cuenta de que la oración y los compromisos con el mundo «no se compadecen», son incompatibles. Todo esto lo vivió Teresa al inicio de su vocación.

Pero hay más. Santa Teresa, ya de carmelita, tuvo que ponerse en manos de confesores y teólogos miedosos y escrupulosos que -al final de tanto proceso- la obligaron prácticamente a decir: «pero, ¿es posible?» … porqué hay que decir «demonio, demonio» … donde habría que decir «Dios, Dios»! Sí, muchas heridas se acumulan… tiene que enfrentarse a la Inquisición… porque la princesa de Éboli, carmelita frustrada, denuncia su libro de la Vida a los tribunales inquisitoriales (por contener demasiadas visiones y revelaciones, porque todo lo que sonara a ‘iluminismo’ o grupos de oración demasiado exaltados, eran vistos con recelo). Esto en lo que se refiere a las influencias externas, pero también a nivel interno, Teresa vivió dividida en una doble dirección, vivía en sí misma una doble aspiración: por una parte, sentía la llamada al silencio, a la celda, a vivir como una ermitaña (de hecho, suyas son las palabras que dicen: «Acordaos de aquellos santos profetas del Monte Carmelo, que –con tanto esfuerzo y sacrificio– aspiraban a la sublime contemplación»), y por otra parte -que luego fue la que ocupó mayormente su vida- … Teresa tuvo que afrontar la batalla de las Fundaciones, porque una vez que se hizo famosa, había muchos miembros de la nobleza castellana que (para ganar indulgencias, o quién sabe por qué otras intenciones) ofrecían villas o terrenos a la Madre Teresa para fundar un nuevo Carmelo (era un honor en ese momento), tantas veces en lugares remotos y desaconsejables. Pero ahí la tenemos (nada de «ermitaña») … recorriendo albergues y cañadas, puentes y caminos, para poner en marcha los 16 Carmelos que el Señor le confió a lo largo y ancho de la geografía española.

Y aún hay más. Teresa, atenta siempre a la vida que crece, y se desarrolla, no puede estancarse tampoco ella misma; Teresa evoluciona e interactúa con la ‘nueva criatura’ que ha traído al mundo, el Carmelo renovado. De hecho, cuando comenzó en el convento de San José, se inspiró en la pobreza franciscana de San Pedro Alcántara… pero luego, se da cuenta de que, para garantizar la vida de comunidad, para poder vivir y rezar en paz, era mejor que los monasterios tuvieran renta.

Al principio todo era austeridad y mortificaciones, pero luego, viendo demasiados abusos y extravagancias entre los frailes de la primera hora, envió a San Juan de la Cruz (al noviciado de Pastrana) a calmar un poco las aguas, a poner un poco de humanidad y de equilibrio entre los jóvenes carmelitas, porque una cosa eran «deseos de perfección» y otra bien distinta lo que Juan de la Cruz llamó: «penitencia de bestias».

Y me parece obligado al menos decir una palabra sobre aquello de lo que Teresa es maestra, pedagoga, y doctora de la Iglesia. Algo tan simple como profundo, como es su definición de la oración. Apoyándose en el bagaje tan grande de experiencias que el Señor le había dado en el terreno de la amistad… no puede dejar de describir la oración también en clave de amistad, como un diálogo entre amigos, donde la frecuencia, la soledad, la perseverancia y el amor irrompible y determinado son fundamentales para seguir adelante. La oración, a mi parecer, -dice- no es otra cosa sino «tratar de amistad, estando muchas veces, a solas, con quien sabemos que nos ama». Frase simple donde las haya, y sin embargo encierra todos los grandes temas de la Alianza de Dios con su pueblo.

Recuerdo que empecé hace casi 30 años en un grupo de oración, arropados por las carmelitas de mi pueblo, cantando el «Nada te turbe», o el «Vivo sin vivir en mi…» con almohadas en el suelo, una Biblia y una vela… Y allí comenzó una pequeña historia de la salvación con un grupo de jóvenes, que «muchas veces, solos, pero también con las Carmelitas del lugar… «buscábamos esa amistad, con Quien sabemos que nos ama». Y Dios iba trabajando el resto.

Así fuimos descubriendo a ese Dios que crece y se desarrolla en nosotros… como hemos visto en el Triduo : primero un Dios que nos pone delante una opción de eternidad (para «siempre, siempre, siempre»), luego, un Dios que cuida de nosotros, cada vez que caemos (un Dios misericordioso), y por último, cuando Dios quiere y como quiere aparecen los frutos de esta amistad, para algunos (siempre en el contexto del grupo de oración juvenil de mi pueblo) fue la vida matrimonial, para otros la vida religiosa, para otros la misión, para Teresa una Reforma más que necesaria de una Orden que lo estaba solicitando a voces, la Orden del Carmelo.

¿Y nosotros?  También nosotros, hoy, aquí, somos fruto de esta gracia sobreabundante que Dios regala a todos los que se abandonan a él. Por eso, si me permitís, quisiera lanzar este reto comunitario, con ocasión de esta fiesta, a ser -como Teresa- hombres y mujeres con grandes deseos, animados por grandes aspiraciones. Dios no necesita «santos prefabricados», sino manos abiertas y corazones encendidos, dispuestos a dar la vida por el Reino.

Este es mi deseo, mi oración, en esta Eucaristía, en este gran día para el Carmelo. Que la Santa nos ayude a salir cada vez más fuertes de todo lo que nos hace caer, de todo lo que nos debilita, pongámoslo todo en las manos de Dios… y –en ese espacio propicio– es donde Él se vuelca, actúa, envuelve, abraza, inspira y nos dice: «ánimo, levántate» … «ya es tiempo de caminar».

(Stella Maris, Monte Carmelo, Homilía con ocasión de la fiesta de Sta Teresa de Jesús, 15-10-2020)

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