La Asunción de la Virgen María… fuente de esperanza

Nuestro amor por María, figura de la Iglesia esposa, nos recuerda que la santidad no es una tarea individual. María, al acoger a Jesús, que dio su vida por su esposa (la Iglesia) uniéndola a su propio Cuerpo, hace visible la plenitud del don del Espíritu Santo, realizando en sí misma el proyecto del Padre, es decir nuestra santificación.

Al contemplar a María en el cielo, como aquella en quien el Señor ha hecho maravillas, descubrimos no solo la santidad personal de la Madre de Dios, sino también la santidad de toda la comunión eclesial. La santidad de la iglesia participa del cuerpo de su miembro más eminente que ha respondido a la llamada del Hijo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,47).

Esto nos llena de esperanza, honrar a María como el fruto maduro que goza de la plenitud como primera beneficiaria de la nueva creación que es el fruto de la muerte y resurrección de Jesús. Nos llena de alegría ver que este amor salvador que ha alcanzado su plenitud en Ella, no es sino la primicia del mismo Amor que salva a todos los hombres.

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