Palabra y vida. Santa Teresa y el imperativo de lo real

Las coordenadas en las que se mueve el estilo teresiano, como las de muchos místicos, no son otras sino las corrientes mismas de la vida que lo provocan (corrientes anchas y profundas) y las corrientes de la otra vida en que se vierten (los destinatarios) con el cuenco de la palabra.

Teresa de Jesús es una comunicadora excepcional. Sus contemporáneos sucumbían fascinados a la magia y encanto de su palabra: «tenía una boca tan llena de gracia que no había quien se pudiese separar de ella». Los lectores de primera hora confesaron a coro que sus escritos eran ella, que el sonido de su voz, las modulaciones de su escritura era un fiel trasunto de su palabra hablada.

A poco que nos acerquemos al caudal bibliográfico que gira en torno a Teresa de Jesús, no podemos sino preguntarnos dónde radica el secreto de tanta profusión, tratándose como se trata de una mujer y espiritual, en un tiempo en el que tanto un grupo (las mujeres) como el otros (los espirituales) eran vistos con recelo.

Si su experiencia espiritual y sus lecturas, y el reclamo de sus hijas, dieron a su pluma la más fulgurante materia (lo que podríamos llamar el «reclamo de lo real»), también su espíritu aprendió a conocerse mejor en aquel cotidiano ejercicio, no pocas veces ascético, de verterse sobre la página en blanco. Ella supo muy pronto que ciertas cosas no acababan de entenderse hasta ser puestas por escrito: «Y es así que cuando comencé esta postrera agua a escribir, que me parecía imposible saber tratar cosa, más que hablar en griego, que así es ello dificultoso» (V 18,8).

Frente al tópico que a veces se le ha atribuido de mujer iletrada, poco menos que inculta, que escribía por obediencia (así lo dijo su primer crítico y editor, fray Luis de León, que «escribía mandada y forzada»), descubrimos que en Teresa se da, dentro de los cauces permitidos, una decidida voluntad de escribir y de controlar lo que escribe. El contexto lo recomienda, la realidad de la persona que tiene delante lo aconseja, la vida misma lo reclame.

Controlar la expresión era algo vital, en primer lugar para que sus palabras tuvieran el efecto deseado, para que extendiera con eficacia su mensaje en un ambiente en el que cualquier pretensión de intelectualidad entre las mujeres era mal vista: «… desear que todos sean muy espirituales… no es malo; el procurarlo podría ser no bueno, si no hay mucha discreción y disimulación en hacerse de manera que no parezca enseñan» (V 13,8).

Conocedora como nadie del terreno que pisaba, hubiera sido de incautos ponerse a escribir –y  tampoco lo quería como veremos– al estilo o en la línea de los letrados; lo que hubiera despertado de inmediato sospechas inquisitoriales. Además de las típicas autodescalificaciones, por ser una mujer «sin letras» y tener un «estilo tan pesado» (Fundaciones, prólogo 3), con la idea de captar también la benevolencia del lector, se coloca casi siempre bajo la obediencia de sus confesores. Esto explica el tópico de que «se lo han mandado» que, sin ser mentira, no deja de ser una expresión con mucho más de útil que de sincera.

Sea por las razones que fueren, por un ambiente antifeminista, para ganarse la benevolencia del lector, o para desviar sospechas en torno a su condición y linaje, lo cierto es que nuestra carmelita está muy atenta a lo que dice y cómo lo dice, controla sus modos expresivos, porque –entre otras cosas– como todo autor que se precie de su obra, desea llegar con verdad y transparencia y con efecto al mayor número de lectores: «… porque estamos en un mundo que es menester pensar lo que pueden pensar de nosotros, para que hayan (tengan) efecto nuestras palabras» (F 8,7).

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