Mensaje con ocasión del Centenario de la procesión de la Virgen del Carmen (Haifa, 5/05/2019)

Celebramos este año el Centenario de la procesión de la Virgen del Carmen en Haifa. La primera procesión tuvo lugar el 27 de abril del 1919, domingo in Albis, y fue organizada para devolver solemnemente al santuario de Stella Maris la statua de la Virgen del Carmen que, en el 1914, al principio de la Primera Guerra mundial, fue trasladada en la iglesia parroquial de la ciudad.  El Padre Vicario del Monte Carmelo en aquel tiempo, el inglés P. Francis Lamb (1867-1950), escribe en sus memorias que hubo una extraordinaria participación del pueblo y que a las autoridades inglesas les impactó esta manifestación de fe y de devoción por la Madre de Dios en la comunidad católica latina de Haifa. No se trató de un episodio aislado, ligado al final de la Gran Guerra y al deseo de agradecer al Señor y a la Virgen la vuelta a la paz. La procesión se repitió en los años sucesivos hasta convertirse en la más importante de Tierra Santa después de la procesión del domingo de Ramos en Jerusalén.

Aquí, en Haifa, la devoción a María es como un árbol centenario de grandes ramas y de raíces profundas. Como en la parábola evangélica, todo nace de una pequeña semilla: un grupo de ermitaños, que hace alrededor de ocho siglos se reunió bajo la protección de María en las faldas del Carmelo, «cerca de la fuente de Elías». A su patrona le dedicaron el oratorio que construyeron en medio de sus celdas. De esta colocación podemos intuir la relación que los unía a María: María estaba al centro, en el corazón de sus vidas. En ella contemplaban plenamente realizado su intención de «vivir en obsequio de Jesucristo». Maria era el modelo, el icono viviente de su vocación. Como Maria conservaba en el corazón cada palabra y cada hecho de su hijo Jesús, también los carmelitas querían transcurrir su existencia en la amistad con Jesucristo y meditando su evangelio. María era, por lo tanto, la madre, la guía y la compañera en este camino de alianza con Jesucristo.

Aunque si después ni de siquiera un siglo los acontecimientos históricos obligaron a los carmelitas a abandonar físicamente el monte Carmelo para extenderse en otros lugares, esto no cambió su geografía espiritual. María permaneció siempre al centro de su vocación y con ella el Monte Carmelo, el lugar emblemático del profeta Elías, el hombre del desierto, el testigo apasionado del Dios vivo. Esta memoria de las raíces, bien presente en la visión del Carmelo de Santa Teresa, se convirtió rápidamente en el proyecto de volver a Tierra Santa, al lugar donde la aventura de la familia carmelitana comenzó. ¡Cuánta emoción sentiría el P. Próspero del Espíritu Santo cuando, el 29 de noviembre del 1631, pudo celebrar por la primera vez la misa en la que él llamaba la Gruta de la Virgen, hoy conocida como gruta de San Elías!

La historia de la vuelta de los carmelitas al Monte Carmelo ha coincidido con la historia moderna de la ciudad de Haifa. Cuando llegó el P. Próspero, Haifa era un pequeño poblado de un centenar de habitantes. La pequeña comunidad de carmelitas descalzos vivió 130 años en una gruta que servía como convento. Pero cuando, en la mitad del Setecientos, se comenzó a construir la nueva Haifa, también los carmelitas comenzaron la construcción de su monasterio sobre la terraza del Promontorio del Monte Carmelo. El monastero fue construído, destruído, reconstruído, gracias al compromiso tenaz de algunos frailes, que hoy nos deja llenos de orgullo y de admiración. Cada vez más los sucesos que afectaban a la comunidad religiosa se entrecruzaban con los de la ciudad. Junto a la población de Haifa los carmelitas fueron probados por tantas guerras, cambios de poder político, y transformaciones sociales y económicas.

Me gusta pensar que la procesión, de la que celebramos el centenario, es el signo y el reconocimiento de este camino realizado juntos, que continúa bajo la guía de María, estrella del mar. Es un camino pascual, que pasa a través de los cansancios, los dolores, las angustias de una historia, en la que cambian los nombres, los rostros, las formas, pero permanece intacta la violencia, el odio, la fuerza de destrucción. Caminamos en medio de las heridas de esta historia, para hacer de ellas los surcos donde sembrar semillas de esperanza y de amor, de humanidad y de respeto. La bahía de Haifa es un puerto seguro para los barcos. Hagamos de ella un puerto seguro para las almas y los corazones, donde pueda encontrar refugio y paz todo hombre de buena voluntad bajo la mirada materna de María, Madre y Señora del Carmelo.

P. Saverio Cannistrà, Prepósito General, ocd

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