«Eternamente cantaré tus misericordias, Señor!» – Teresa de Jesús

El realismo evangélico de Teresa nos muestra lo cerca del hombre que está Dios y cómo siente por nosotros una gran ternura y misericordia. Así lo experimenta Teresa, ante la necesidad del hombre, Dios interviene en nuestro favor. El mundo es el lugar de la liberación concreta del hombre por Dios. Frente a un mundo fraccionado y abandonado, que opone a la existencia de Dios la miseria del hombre, Teresa afirma que el hombre concreto es el lugar donde se manifiesta el poder de Dios y su misericordia.

Una misericordia a la que todo hombre que confiesa su pobreza puede acceder a través de la oración. La oración es la puerta y, sin embargo, no hablamos de una oración cualquiera… sino de la oración de pobre… Afirmar la misericordia de Dios es encontrar la unidad de Dios, del mundo y del hombre.

Pero no es solo una experiencia interior sino que da a luz a una nueva comunidad cuyo propósito es la comunión de las personas. Esto genera un movimiento espiritual que va más allá de la comunidad religiosa para convertirse en un hecho social. La comunidad teresiana transmite un cierto tipo de cultura y está definida como el espacio donde el hombre (y la mujer) se hace más hombre (y más mujer), y que genera un estilo de humanidad. El compromiso de Teresa se centra principalmente en la liberación de la persona humana de todas las formas de opresión material, cultural y social que ella ha conocido.

La oración y la misericordia son la fuente de una civilización auténtica: una civilización de la misericordia construida sobre la roca de la verdad proclamada en el discurso de las bienaventuranzas donde se revela la presencia del Dios hombre liberador.

La oración es el lugar donde no se acusa a nadie. El lugar donde nos descubrimos necesitados de bondad y misericordia, de sanación, de escucha, de liberación de todo lo que no nos permite vivir en la verdad y donde descubrimos además la presencia del otro. En lo más profundo de mi verdad, descubro la presencia misericordiosa de Dios que me guiará en el camino de regreso al Padre, y al mismo tiempo, esta verdad me acerca a los que me rodean. Por eso la oración teresiana es un compromiso serio con Dios y con los hermanos, una aventura que durará toda la vida…

La Reforma emprendida por Teresa quiere ser la expresión profética de una Iglesia orante y misericordiosa. Ella descubrió en su historia personal y durante sus Fundaciones que Dios siempre se da a Sí mismo (mucho más allá de nuestros méritos)… incluso antes de que seamos capaces de responder a su Amor. De ahí, que Teresa no dejará nunca de cantar en sus escritos y en su vida: «Misericordias Domini in aeternum cantabo» (Cantaré eternamente las misericordias del Señor).

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