Alegría, libertad y belleza en el camino hacia Dios

Ahora que estamos ya a las puertas de la Navidad, recordamos tantos textos de Lucas donde los personajes que en sí mismos no tienen mucho de que gozarse… sin embargo, al encontrar al Niño Jesús -Dios-con-nosotros- se llenaron de una gran alegría. También los Magos experimentaron una gran alegría, … y los  pastores los primeros:  la alegría de tener a Dios con nosotros, en medio de nosotros llena nuestros corazones.

Nuestro padre San Juan de la Cruz también trata de esto en su «Cántico espiritual», de alegría, de libertad y belleza en el camino hacia Dios. Alegría, porque es una emoción humana primordial, tan necesaria como el pan de cada día, para dar lo mejor de nosotros mismos. Libertad, porque como dijo Don Quijote de la Mancha a Sancho: es uno de los regalos más preciosos que Dios ha dado a los hombres. Además, sin ella sería imposible hacer algo por nosotros mismos, dando nuestro toque personal. Y por último, la belleza, porque es como esa mirada contemplativa que nos permite adornar todo lo que Dios ha puesto en su universo, dentro y fuera de nosotros, como expresión de su amor creativo, todo a nuestro servicio… ofrecido para gozo y regocijo de su criatura.

Es verdad, que no siempre lo dice así a las claras, sin embargo, como afirma el P. Juan Antonio Marcos, en una de sus conferencias en el último Congreso de CITES sobre el Santo:

«Los poemas son una constatación de su experiencia vivida. Casi podríamos decir que la poesía de San Juan de la Cruz es como una biografía implícita. Cuando leemos: «Adónde te escondiste… Amado…» … habla en primera persona. De lo que vivió. Siempre más discreto que Santa Teresa, habla poco de su intimidad, pero habla… y lo hace a través de sus poemas ».

Sí, Dios infunde alegría, gozo y belleza en el alma. La explicación de la estrofa 36 (“Gocémonos amado y vámonos a ver en tu hermosura al monte y al collado do mana el agua pura…” etc.) es casi una antología de esta complicidad entre Dios y el hombre lleno de alegría y de la belleza que imprime en nosotros, con su mirada, su presencia, la fusión de voluntades… crea un escenario casi paradisíaco donde Dios llena a la criatura de su amor, de su condición divina.

 

 

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